EL LADRÓN DE COLORES: SOROLLA MÁS ALLÁ DE NUESTRAS FRONTERAS

Es imposible hablar de la historia del arte español del siglo XX sin pronunciar el nombre de Joaquín Sorolla, el maestro de la luz, de las atmósferas y de la intimidad familiar. En Parte del Arte consideramos su casa museo de Madrid uno de los referentes culturales más importantes de la ciudad, por ello durante este mes de enero os proponemos un maravilloso plan cultural, ¿Qué os parece una visita guiada a su última exposición temporal: “Sorolla en París”, donde trasladarnos a una etapa fascinante para conocer el lado mas internacional de nuestro artista valenciano?

Mientras tanto en BaluArte os ofrecemos un recorrido por los aspectos más importantes de su vida y obra.

Joaquín Sorolla y Bastida nació en 1863 en Valencia. Desde muy joven sus inquietudes se inclinaron hacia el arte y sus aspiraciones se situaban más allá de su Valencia natal, en la que estudiaba en el taller del escultor Capuz. Sorolla quería ser un gran pintor a nivel internacional. Así que con 23 años y gracias a una beca viajó a Roma, lugar donde su interés se centró en la pintura de temática histórica. Pero realmente cuando Sorolla se encontró a sí mismo fue a partir de un viaje a París que realizó en 1894 en el que descubrió el Impresionismo. Al joven Sorolla le deslumbró-literalmente- la por entonces capital del arte, centro de la bohemia y hogar de los más interesantes pintores, de modo que pronto se declaró seguidor del naturalismo pictórico imperante en la capital francesa. Por su parte París tampoco le trató nada mal, otorgándole el Gran Prix en la Exposición Universal de 1900. Sus cuadros de historia fueron quedando en el olvido, salió a pintar al exterior y se dejó traspasar por la luz y los colores del mediterráneo. Así nacía el verdadero artista, quien arrancó de sus contemporáneos frases tan rotundas como la que pronunció sobre él Blasco Ibañez: “Aquello no es pintar, es robar a la naturaleza la luz y los colores”.

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El Grito de Palleter” (1884) Sorolla pintó este cuadro para concursar a la pensión de pintura de Roma que otorgaba la Diputación de Valencia. A pesar de que se trata de una pintura de temática histórica Sorolla ya apuntaba maneras como maestro en el tratamiento de la luz.

EL MAR DE SOROLLA INUNDA LOS GRANDES SALONES

Sorolla se empieza a introducir en este círculo artístico oficial a partir de 1890 cuando sus obras empiezan a verse en certámenes internacionales como las exposiciones de Berlín, Munich y Viena, en la bienal de Venecia y por supuesto en el Salón de París, el lugar donde todos los artistas buscaban el reconocimiento.

Resulta curioso que el estilo pictórico en el que se inspiró Sorolla a su llegada a París fuese precisamente el más rechazado en los salones oficiales de pintura y sin embargo en el caso del valenciano su obra fue de las más valoradas. Mientras que la obra de pintores como Renoir era calificada de “horrible” por la crítica, la producción de Sorolla fue valorada por encima de la muchos de sus colegas, tal y como recogen algunas de las crónicas de estos salones, centros del arte europeo en estos momentos.

Realmente el éxito de Sorolla residió en su forma tan personal de utilizar los recursos de la pintura y de conjugar las fuentes de las que había bebido durante su formación. Supo combinar a la perfección los grandes formatos heredados del estilo académico con las novedades estilísticas más modernas.

Sorolla comienza a introducir novedosas perspectivas influidas por artistas como Degas, la fotografía y la estampa japonesa y poco a poco va imprimiendo en sus pinturas la instantaneidad y luminosidad con su característica pincelaba suelta, ágil,vibrante, llena de matices y brillantez, pero sin abandonar la elegancia y la composición perfectamente asimilada de los viejos maestros de la pintura, especialmente de Velázquez.

El elemento principal de las obras más exitosas de Sorolla en los grandes salones fue el mar mediterráneo. Fue el escenario de sus recuerdos familiares más felices, que recoge en escenas cargadas de jovialidad, ternura y serenidad, pero también fue el escenario de asuntos relacionados con el trabajo. Sintió un gran interés por las faenas de los marineros y pescadores que llegaban al puerto de Valencia, lo cual plasma en obras en las que la experimentación con la luz se hace cada vez más evidente y arriesgada. Esta cuestión se ve de forma clara en la serie de pinturas que pintó en Jávea en el verano de 1905, en las que prescinde prácticamente por lo completo de la corporeidad de las figuras para centrarse al cien por cien en el carácter dinámico y cambiante del mar en sus diferentes horas y movimientos y los efectos que produce la luz sobre su superficie del agua.

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El barco blanco. Joaquín Sorolla. Jávea. 1905.

Estas obras ya desde el momento en el que las pintó tuvieron una gran aceptación y fueron protagonistas de la gran retrospectiva sobre Sorolla que se celebró en 1906 en la galería parisina Georges Petit, una de las más importantes que se hicieron durante su juventud. Supuso el inicio de una carrera imparable por todo el mundo, que culminó en su encargo más importante, el encargo de los murales de la Hispanic Society en Nueva York en 1911.

EL AMOR TRANSFORMADO EN PINTURA

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Madre.Joaquín Sorolla. En esta pintura representa a su mujer Clotilde junto a una de sus hijas recién nacida.

La época que Sorolla vivió, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX fue un momento decisivo en el mundo doméstico y familiar. La sociedad empieza a valorar cada vez más la vida privada, familiar y es un periodo en el que se produce el reconocimiento de los sentimientos experimentados dentro del hogar. Estos aspectos calaron muy hondo en la pintura de Sorolla, porque si había una cosa que Sorolla amase más que al Mediterráneo era su familia. Su mujer Clotilde y sus hijos María Clotilde, Joaquín y Elena fueron su mayor fuente de inspiración. Se convirtieron en los protagonistas de escenas de juego en la playa, largos y tranquilos paseos a diferentes horas del día pero también los captó en la vida más privada. Sorolla inmortalizó a su familia a través de espectaculares retratos que rezuman el amor de esposo y padre. Estos cuadros y los retratos que también realizó de otros familiares forman parte del legado familiar pero también son deliciosos testimonios de una época, la del cambio de siglo, a la que Sorolla contribuyó de forma decisiva, al igual que lo hicieron en su tiempo Goya, El Greco o Velázquez, los grandes maestros que tanto admiró y a los que nunca abandonó del todo.

Toda una vida dedicada a la pintura que bajo el título “Sorolla en París”, os contaremos en las visitas guiadas que en Parte del Arte desarrollaremos durante este mes de enero a la exposición temporal de su casa museo de Madrid. No hay mejor forma de empezar 2017 que haciendo homenaje a uno de los pintores españoles que más huella ha dejado en todo el mundo. Para informarte de todo entra en www.partedelarte.com Actualizare en breve la pagina para que aparezca, esta exposición.

¡Te esperamos!

Esther Arce Bayón